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Ese cansancio, esa fatiga crónica que se come hasta la voz

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Son las invisibles. Nadie habla de ellas ni nadie se acuerda de ellas, y eso que son unos cuantos miles. Pero son mujeres que no representan ninguna tendencia ideológica, ni política ni moral ni religiosa. Van por el mundo como fantasmas y por mucho que se quejen quedan para el silencio o acaso para que les digan: “Con lo bien que se te ve”.
Y así es. No se les suele poner la cara verde, ni les aparece en la cabeza un gran letrero que diga: ‘no puedo más’. Han sufrido y sufren de todo: acoso laboral, divorcios, enfrentamiento con la medicina: las han mandado y las suelen mandar al psiquiatra hasta que, algún galeno concienciado se da cuenta de que sí, de que efectivamente están enfermas. No importa que cada mañana, al levantarse se den cuenta de que no pueden ni tan siquiera vestirse, que no pueden ducharse sin que todo el cuerpo les duela.

De vez en cuando una contracción muscular en cualquier parte del cuerpo les produce un dolor irresistible y piden ayuda. En urgencias les hacen una radiografía. Al ver que sencillamente es una contracción les recetan un relajante muscular y hasta la próxima. Lo malo es cuando aparece ese cansancio, esa fatiga crónica que se come hasta la voz y casi les impide respirar.

Todo aparece lejano, inalcanzable, no podrán llegar… Entonces no pueden pensar, se les olvida hasta el nombre de los hijos, de los alumnos, acaso incluso de la pareja… Y han tenido problemas y los tienen en el mundo laboral. Tienen que ir a trabajar, ya no se dan invalideces por semejante ‘tontería’. Han recurrido a algún medio de comunicación, periódicos, emisoras de radio, TV. Y suelen oír: “¡Qué pesaditas sois!”. Es verdad que tienen un día al año que recuerda, así de pasada, que es el día de esa enfermedad. Pero en ningún balcón institucional se desplegará un gran ‘pañuelo’ (no son dignas de ser recordadas como víctimas de la incomprensión social) con los nombres de todas esas mujeres que en silencio se enfrentan cada día al dolor, al agotamiento, a lo incomprensible de los otros: “qué bien estás”, “quieres decir que acaso si pones un poco de esfuerzo…”, “mujer no es para tanto”.

Se sabe que algunas han tomado camino hacia el no retorno. A la desaparición perpetua… ¡Pero no son noticias! Es incluso en la propia familia, en los amigos, en el entorno donde más sufren estas mujeres: “¿No tendrás un trastorno bipolar?”, “pero si ayer te vi caminando como si no tuvieras nada…”.

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En otro momento tendrán que explicarle al médico que deben tomar este o aquel medicamento a ver si les ayuda un poco. Puede que con las restricciones medicamentosas les digan que no. Pero siguen ocupándose de la casa, del trabajo, de los hijos y en silencio, muchas noches, suelen dormir muy mal, se levantan y lloran. Y se repite y repite la historia: no son noticia. Acaso si se organizaran, si pudieran gritar la segregación, la exclusión social a la que están sometidas, si pudieran acceder a Tribunales, si los partidos políticos, cualquier partido las tomara en cuenta y las defendieran por su derecho a un reconocimiento de su enfermedad mucho más incisivo, puede que cada vez que una de estas mujeres fuera diagnosticada con esa enfermedad y no le hicieran caso, y tuvieran que seguir en la brecha del desconsuelo algunas se sentirían mucho más protegidas. Pero repito lo que digo al principio: no se las puede incorporar a ninguna ideología; son sencillamente mujeres que se quejan. Poco a poco, mientras van cumpliendo años y los achaques de la edad se combinan perfectamente con los dolores que surgen con mayor virulencia.

No hace muchos años ni tan siquiera la enfermedad tenía nombre. Pero ya se sabe: las viejas se suelen quejar mucho para que los hijos, los parientes, los amigos, les hagan caso. ¡Es que se tiene que hacer notar! No es una actitud frívola, ni tan siquiera un quejarse por quejarse, pero van por el mundo acompañadas por esa silenciosa y maldita enfermedad: la fibromialgia.

Creo que ya podemos decir que a estas alturas existe lo que podríamos llamar fibromialgia. ¿O no? Escrito por Pilar Castro (Sitges) en Carta a los lectores del Periódico de Cataluña

(1962) Lecturas